En una de las primeras fiestas de la Mosca que se llevó a cabo en el departamento de la joven y misteriosa M, entré a su recámara por una mochila con discos compactos. Tras de mí entró ella. Saqué un jitter, fumamos y nos quedamos platicando… Un mes después no lograba quitarme de encima a García, quien me hostigaba y me exigía que le dijera qué habíamos hecho M y yo aquella noche. Estaba obsesionado, sus llamadas y sus correos me hartaron hasta que le dije que sólo habíamos fumado un poco. Entonces se puso peor, histérico porque, según él, ella no fumaba esas cosas malignas, que me dejara de mentiras y le dijera la verdad: ¿Qué habíamos hecho? Lo mandé a volar y me alejé algún tiempo de la Mosca por este episodio. M se fue a vivir a otro país.Cuando regresó de su estancia en el extranjero M volvió a la Mosca y me contactó para colaborar. Además, empezamos a salir. Le conté lo que había sucedido después de aquella fiesta años atrás y me dijo que no le hiciera caso a García, lo mismo le había sucedido a otros amigos suyos. M y yo mantuvimos una amistad que duró casi dos años, sin que García lo supiera, la cual estuvo marcada por el acoso que atestigüé personalmente. A toda hora le marcaba al celular y le mandaba mensajes para saber dónde estaba, qué hacía, con quién, cuándo regresaría a su casa, etc. No importaba lo que estuviéramos haciendo, saliendo del cine, cenando (me gusta cocinar y a M le cociné) o viendo películas en mi departamento, García marcaba y mandaba sus mensajes inoportunos. Y lo peor era que ella le contestaba y lo toreaba.
En repetidas ocasiones le pedí a M que habláramos con él para hacerle saber que salíamos y pedirle que nos dejara en paz. Pero no quiso porque estaba segura de que se él se pondría muy mal y ella se quedaría sin trabajo. Varias veces M se negó a invitarme a sus reuniones por temor a que García hiciera un drama. Entonces se nos ocurrió buscar trabajo en otra parte y la conecté con un director editorial web de Editorial Televisa. Consiguió el trabajo y dejó la Mosca, ahora sí estaríamos tranquilos y podríamos aclararle el asunto a García sin temor a represalias. Pero ella se volvió a negar y García seguía duro y dale. Me di cuenta de que a ella le gustaba mantener el control absoluto y la manera en que lo manipulaba caprichosamente. Entonces dejamos de vernos.Dos años después, a finales de 2007, le envié a García una crónica de los Dandy Warhols en la que mencionaba a M (por la canción The Last High que compartí con ella). Pasaron tres meses y no quiso publicarla hasta hablar con ella y preguntarle si alguna vez habíamos tenido algo que ver. Cinco años después seguía obsesionado. Y ella me negó, le dijo que no. Sólo entonces García publicó la crónica. Me enteré de esto tristemente por boca de M, intentamos vernos de nuevo y me contó la historia, riendo, mientras tomábamos café. En ese momento, y ante su desconcierto, me levanté y me fui. “Lo hice para que publicara tu crónica”, alcanzó a decir para justificarse… Dos meses después la Mosca tronó. Y García nunca conoció esta historia de M, hasta ahora que exige saberla.
Las chicas ácidas
A finales de 2007 recibí un correo de la misteriosa P, quien trabajaba en la Mosca y era el Gran Amor en Turno de García. Me pedía sin pena que le conectara unos ácidos, “pero que no se entere Hugo porque se enoja si alguien se mete con sus chicas”. Este correo lo conservo, así como el largo historial de correspondencia que mantuve con M. Sólo de pensar en esa pesadilla me dio frío enrollarme con P, así que le respondí cualquier cosa, me hice el desaparecido y no volví a saber de ella.Falta de profesionalismo
Si mencioné esto en la nota fue porque esa actitud poco profesional fue uno de los factores que llevaron a la Mosca a la tumba. Y desgraciadamente es una actitud muy común entre la gente del medio editorial (supongo que en todos los campos profesionales sucede). Aprovecharse del puesto de director de una publicación para contratar y rodearse de chavitas, ejercer un machismo desorbitado y abusivo, con ataques de celos y chantajes, al grado de sentirse el dueño de las “chicas” como si fueran objetos de su propiedad (quienes al final ríen y lo manipulan sin tomarlo en serio). Así me lo confirmaron L, K y F, con quienes mantengo amistad y evitaban ir solas a la oficina de la Mosca, es decir, al departamento de García.Su reacción me parece una ironía, indignado exige pruebas (muy al estilo de López Obrador, desesperadamente) cuando él solo se ha exhibido y se ha encargado de cultivar durante años esa imagen pública de amante de las jovencitas (capaz de matar por ellas). Quizá para los políticamente correctos como él debí expresarlo con eufemismos. Pero deja de ser un dato frívolo cuando se convierte en una de las razones por las cuales muere un proyecto editorial.
(Mantuve el anonimato de las chicas muy al estilo de García, para que no se ofenda por ellas y luego diga que les falto al respeto.)



















