
Esta ciudad canadiense en la provincia de Ontario figura entre las diez urbes más bicicleteras de Norteamérica, con más de un millón de ciclistas que pedalean a diario y un récord insólito en cuanto a robo de velocípedos: 12 mil en 2007. En el verano de 2008, los reportes ascendían a 5 mil biclas, por lo que la policía se vio obligada a implementar el operativo de sembrarlas y esperar a que trataran de llevárselas.
Más de la mitad formaban parte de la colección personal de Igor Kenk, sorprendido con las manos en el manubrio aquella tarde de julio. Nacido en Eslovenia en 1959, ex oficial de policía y ex agente de la KGB (según él), Kenk es un personaje conocido en el ambiente ciclista de Toronto por la mala reputación de su taller The Bicycle Clinic, ubicado en la calle Queen West, donde compraba bicis usadas. Era común encontrar ahí biclas robadas y sus dueños sostenían acaloradas discusiones con él antes de pagarle hasta 40 dólares por recuperarlas.

De 49 años, casado con la pianista y concertista Jeanie Chung, el tipo es descrito por sus vecinos como antisocial y conflictivo. También es famoso por su “labor social” de contratar a gente de la calle y ex pacientes de una clínica mental, como el detenido Laveau, quienes “trabajaban” para él y formaban una red de ladrones de bicicletas.
Después de su arresto la policía cateó doce propiedades que rentaba, incluyendo una lujosa residencia en Yorkville donde vivía con su esposa. En total se le encontraron nada menos que 2,865 bicicletas almacenadas sin razón alguna, además de una estatua de bronce del escultor Misha Frid y siete kilos de distintas sustancias: yerbita, cocaína y crack. Para nadie es un secreto la relación de los ciclistas con las sustancias, a cada rato nos enteramos de ello y hay casos como el del fallecido Marco Pantani, pero a don Igor se le pasó la manita. Era tal la cantidad de bicis en las bodegas, su casa y el taller, que un escuadrón de bomberos tuvo que sacarlas por las ventanas utilizando cuerdas y escaleras, ante lo cual, comentaron, Kenk se deshacía en llanto.

Como sea, el gobierno de la ciudad concentró las casi 3 mil cletas en un garage público y las acomodó por marcas para que las personas pudieran acudir, los sábados y domingos, a identificar la suya. A finales de septiembre casi 500 bicicletas habían sido recuperadas por sus dueños, se dice que algunos incluso dejaron escapar lágrimas de felicidad.
La captura de Kenk provocó todo tipo de reacciones. La policía estaba desconcertada, en 30 años no habían tenido un caso semejante. Los “empleados” del taller lo defendieron, al igual que su abogado, pero la mayoría de los ciudadanos lo considera “el hombre más odiado de Toronto”. La comunidad ciclista condenó su proceder y cuestionó a la policía: ¿por qué tardarse tanto en actuar a pesar de los señalamientos y acusaciones? ¿Por qué esa falta de interés en el robo de bicicletas, siendo que Toronto es una capital ciclista? Y, finalmente, ¿por qué no colocar chips en las bicis para poder detectarlas? Esta comunidad ha comparado a Kenk con los ladrones de caballos del Viejo Oeste, lo más detestable entre los amigos de lo ajeno. En aquella época, un hombre sin caballo tenía pocas posibilidades de sobrevivir. El robo de una bicicleta es mucho más que eso, no sólo es quitarle a una persona su medio de transporte y de trabajo, muchas veces también se le arranca una parte a ella. Alegan que los ciclistas aportan muchos beneficios a la sociedad: menos tráfico, menos contaminación y menos ruido, por lo que piden una condena ejemplar para Kenk.

*Publicado en Milenio diario, domingo 14 de diciembre.