
Curiosamente, con todo y su fobia hacia la contracultura de los sesenta y los jipitecas, era común verlo en movidas aceleradas, desde aquella sucursal del Bar 9 llamada Metal y la primera Expo Tatuajes México hasta las tocadas de Maldita Vecindad y Café Tacuba en LUCC. De igual modo, nada le impedía militar en la “izquierda”, escribir en La Jornada y las introducciones para libros como Rock Mexicano, sonidos de la calle, de José Luis Paredes Pacho, pero al mismo tiempo colaborar ubicua y lucrativamente con los medios y la prensa de la “derecha”.
En 2004, cuando editaba una revista para los clientes Membership Rewards de American Express, el dueño de la editorial exigió ver publicado a Monsiváis en nuestras páginas. “Pero…” Sin peros, era un capricho más que una decisión razonada. Cecilia Sánchez, amiga fallecida por cáncer, me dio el teléfono y logré hablar con alguno de los secretarios de Pelo Blanco y Revuelto. Le expliqué el motivo de la llamada y le pedí su dirección para enviarle una carta y unos ejemplares de la revista. Esa tarde me devolvieron la llamada y el secretario me comunicó con el mismísimo Don de la Cultura. Le confirmé que queríamos invitarlo a colaborar en la revista. Me citó a desayunar el siguiente sábado en el Duca D´este de la Zona Rosa. Fui a la cita, seguro de que un desayuno con Monsiváis sería una experiencia inolvidable como canción de Consuelito Velázquez.
Lo encontré en una mesa, sumergido en los periódicos del día. Me pareció un personaje de Alicia en el País de la Maravillas, su rostro, el pelo blanco y sus gafas emergían del humo rosa del café. Bebimos varias tazas y platicamos sobre cine, música, literatura y periodismo. Después de todo me parecía un tipazo en esa medida, es decir, con una taza de café de por medio. Era una enciclopedia viviente, su memoria sorprendía tanto como la facilidad de conversación y su interés por escuchar, a pesar de que nos interrumpían personas y personajes de los medios y la política que pasaban a saludarlo y cruzaban comentarios con él. Lo que se dice un personaje popular. Cerca del mediodía acordamos lo referente a su colaboración y los honorarios. Se cotizaba bien el maestro. Quedó de enviarme el texto. Nos despedimos y al final dijo “Ven a verme a Portales”.
El lunes el dueño y la gente de la editorial me esperaban ansiosos por saber si Monsiváis colaboraría. Claro, el maestro accedió a colaborar, es de “izquierda”, por lo que sólo nos va a cobrar 15 mil pesitos…
Hubo un silencio profundo y miradas sorprendidas de ojos incrédulos, había personas sentadas ahí que no ganaban eso en un mes e incluso hoy.
-Bueno –dijo el dueño, empeñado en su necedad-, es Monsiváis.
Editamos un lujoso ejemplar dedicado al tema de la suerte y las supersticiones en el que colaboraron Xavier Velasco, Óscar de la Borbolla, Eduardo Monteverde, Fernando Escalante Gonzalbo, Carlos Amador, Cristina Pacheco, Roberto Pliego, Luis Javier López Farjeat, Karem Martínez y los fotógrafos Jorge Ávila y Enrique Arechavala, entre otros, cuyas colaboraciones se pagaban entre los cuatro y los seis mil pesos. La colaboración de Monsiváis llegó puntual pero fue la más cara que pagó la revista. Era un texto divertido titulado “Maldita (o bendita) sea mi suerte, mi vida me la han robado (o regalado)”. Ilustrado por el estupendo Manuel Monroy, su artículo comenzaba con la anécdota del burócrata que se sacó la lotería, pero olvidó el boleto en el pantalón que su esposa echó a lavar.
Todos quedaron satisfechos: los ejecutivos de American Express se sentían intelectuales de altos vuelos y afirmaban que el poder de su marca sedujo a Monsiváis. El dueño de la editorial hizo realidad su fantasía de publicarlo. Y el cronista nos clavó el colmillo y se metió su abultado cheque. Desde entonces considero que la incongruencia no está en vestirse de ferrocarrilero y cobrar muy bien a una compañía como AmEx, sino en asumir y predicar una ideología y trabajar para la opuesta.
“¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?”, se pregunta su comadre Elenita Poniatowska. Pues seguir lucrando desde la “izquierda” con el negocio de la cultura, disfrutar becas vitalicias y despacharse con la cuchara grande, ¿o no?
Nunca fui a visitarlo, no tuve ganas. Craso error estratégico de padrinazgo intelectual. Pero ahora que lo pienso creo que fue mejor así. Ahorita estaría limpiando la caca de los gatos con los periódicos viejos y contestando las llamadas de López Obrador.