A Liliana CastilloEl otro día estaba comiendo con El Bola, gran amigo desde hace 27 años, y por recordar a algunos compañeros y amigos mutuos caímos en uno de los temas que me intriga y con frecuencia me pone a pensar: la suerte, ¿existe?
Él opinaba, al igual que muchas personas, que la suerte no existe. Todo lo que le sucedía a una persona en la vida era producto de sus decisiones y acciones. Por el contrario, yo entiendo a la suerte como todo aquello que no se puede controlar. Es decir, por más que uno piense, haga planes minuciosos y trate de prevenirlo todo, siempre ocurren cosas impredecibles que a veces son a favor (buena suerte) pero la mayoría son en contra (mala suerte).
Siempre sucede así.
Me fascina la idea de la suerte en el Siglo XXI. Ante lo inexplicable todavía acudimos al rincón más primitivo de la mente humana, el pensamiento mágico, para tratar de explicarnos lo que no entendemos porque escapa a la razón.
La suerte es aplicada bajo muchos nombres, puede ser una maldición, el karma, la probabilidad, el destino, la casualidad, la Ley de Murphy, pero acostumbro llamarla por su nombre: buena suerte, mala suerte. Una vez en Las Vegas, durante un viaje de trabajo, entrevisté a un jugador profesional llamado Pug Pearson, quien a sus 70 años afirmaba categórico:
La vida es 99% suerte y 1% habilidad.
Al pensar en esas palabras confirmo mi creencia en lo determinantes que son los factores que no controlamos. Sin demeritar el esfuerzo de una persona, cuando me entero que a alguien le va mal o le va bien o le tocó lo peor, suelo atribuírselo a la suerte. El mundo está lleno de situaciones que lo demuestran.
El reciente caso de Johanna Ganthaler
Pasajeros del vuelo 447 de Air FranceMientras El Bola y yo platicábamos acalorados, un avión que despegó de Brasil, el vuelo 447 de Air France, desaparecía en el Océano Atlántico sin dejar rastro con 288 pasajeros abordo. La pasajera 289 se salvó porque perdió el vuelo. Por supuesto, debe haber explicaciones para la caída del avión: una falla humana del piloto, una falla técnica, un atentado, una parvada de aves… Sin embargo, ella tuvo la buena suerte, a los que murieron les tocó la mala. Lo irónico e inexplicable del caso es que una semana después, la mujer viajaba en coche con su esposo por una carretera de Austria y fueron a estrellarse contra un camión. Ella murió en el hospital, su esposo estaba grave. Mala suerte. Ante este hecho, lo primero que viene a la mente es: cuando te toca, te toca. Pensamiento mágico. Es decir, creemos en el destino. Esto quiere decir que nuestras vidas están escritas, Alguien las escribió y está al tanto de que se cumplan ineludiblemente. ¿Ya estaba escrito que esta mujer debía morir? ¿Era su destino ineludible? ¿Alguien controlaba su vida?
El igualmente extraño caso de Ricardo Aldape Guerra
En 1997 supimos de un condenado a muerte en Texas que tuvo la buena suerte de salir libre, el primer y único mexicano en lograrlo. El tipo había tenido la mala suerte de ser condenado y esperar 15 años a que se cumpliera la sentencia. Entonces sucedió el milagro, el sistema de justicia gringo reconoció su error y lo dejó en libertad. Poco después, Aldape manejaba su coche por la carretera de Matehuala a Monterrey, sufrió un choque y perdió la vida. Cuando te toca, ¿te toca?
El lamentable caso de Liliana Castillo
El 22 de mayo fue atropellada en su bicicleta por un automovilista llamado Mauro Gerardo Martínez Toussaint, cuando circulaba por Avenida Universidad. Liliana murió en el hospital, tenía 23 años, era ilustradora, fotógrafa y actriz. Ahora mismo trabajo en un artículo dedicado a ella y a su bicicleta. Sin duda, el conductor, quien logró evadir la acción de la justicia gracias a la corrupción, merece que se le aplique la ley. Pero me quedo pensando en Liliana… ¿Por qué ella, habiendo tantos ciclistas y peatones desprotegidos por la ciudad? ¿Por qué precisamente una joven y talentosa mujer? Por desgracia, todo parece indicar que le tocó la mala suerte de pasar por un mal lugar, en un mal momento, frente a un estúpido.